Filósofos, filofilósofos y filofilofilósofos

Oxígeno a la vida

Hace miles de años («Dime cuándo, cuándo, cuándo…» canta mi pequeño hombre de los paréntesis largos, repuesto ya de sus andanzaturas) nació Sofía —Sofa para sus amantes (y amigos)— en un lugar tan remoto y escondido (y no es la Atlántida) que no ha habido constancia de su ubicación (ni tan siquiera he logrado hallar su origen en los archiconocidos anales Asdfgñlkjh, legado por los extragalácticos tanga. Sí, sí, no se rían, que a ellos tampoco les hace gracia eso de venir de otra galaxia, presentarse y verse obligados a decir: «Tú: humano. Yo: tanga»).

Pues bien, Sofía, mujer sabia y libre, probó el amor de muchos de sus amantes, quienes, cuando con ella yacían, se dedicaban a filosofar (con fruición). Por eso, ella los llamó, cariñosamente, «mis pequeños filósofos». De algunos de ellos (dos o tres a lo sumo) tuvo descendencia (dos o tres a lo sumo), y los llamó…

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